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Fútbol y Filosofía: Empatar no existe. Uno no quiso ganar.

¿Qué es el fútbol? ¿Porqué se inventó el Var? Ese enemigo mecanizado que no siempre favorece a la pasión de los hinchas.

Gozar de lo ajeno en su parte más íntima.

Eso es un gol.

Uno disfruta mientras el otro padece.

Entrar en la intimidad del otro y mover todos los mecanismos aptos, legales o no legales para hacer de esa intromisión algo nuestro, que pertenezca y que empiece a formar parte de algo grupal.

Moverse durante 90 minutos sobre el pasto manejando, en algunas ocasiones de forma cariñosa y en otras no tanto, un pedazo de cuero de vaca muerta para, en el mejor de los casos, llegar a la intimidad del otro, es decir, a su arco.

Pero también está el empate, la forma más democrática de perder. A saber, empatar es la igualdad; ganar y perder a la vez. Algo fantástico que se logra únicamente en esta pasión y que genera incomodidad. Tanta incomodidad que resulta desagradable.

¿Cómo no va a resultar desagradable? Si el fútbol se trata de eso: de generar un triunfo y una pérdida. Entender, en un marco de legitimidad, quién puede ser mejor que el otro; que la competencia importa; y que existe una virtud, “ser más vivo” que mi rival.

Pero, ¡ojo! Hace muy poco existe un enemigo sin máscara -y de pocas letras- apoyado por muchos jueces de una Corte Suprema de dudosa procedencia y con el que impusieron que esa “viveza” con la que se juega sea limitada y muchas veces eliminada: El VAR.

Un mecanismo que anula todo tipo de ventajismo legalizado por el llamado “folclore futbolístico”, es decir, un sistema ajeno a esta pasión que entró para mecanizar algo que, básicamente, sigue las mismas instrucciones desde 1863 -año citado como la invención del fútbol-.

Actualmente hay una Copa América que se está disputando en Brasil en donde confluyen únicamente los países sudamericanos aunque, paradójicamente se llame “Copa América”; y este enemigo convocado por jueces que actúan de dioses.

Entonces, si Argentina con Lionel Messi a la cabeza no logra mover ese cuero muerto por el verde amplio de manera correcta y no logramos tener peligro de gol -una violación a nuestra parte más íntima como rival-, sólo nos quedará esperar que el enemigo se convierta en superhéroe para hacer alguna de las suyas y nos regale un triunfo moral, ético y legal.

El fútbol se trata de eso: de generar un triunfo y una pérdida. Entender, en un marco de legitimidad, quién puede ser mejor que el otro; que la competencia importa; y que existe una virtud, “ser más vivo” que mi rival

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